Sunday, May 27, 2012

El viento comenzó a mecer la hierba


De vez en cuando, solo de vez en cuando, me recojo en la poesía. Cuando el entorno es tan hostil como el que estamos viviendo, busco el amor de las palabras. No quiero que me hablen de competitividad, no quiero que nadie me diga que lo hacen por nuestro bien; que es necesario, que no son recortes sino ajustes. Por favor, no me engañéis más, aunque pertenezca a una inmensa minoría, me doy cuenta de que me estáis engañando. Por eso de vez en cuando, pero solo de vez en cuando, me recojo en la poesía; cuando lo hago, sé que debo prodigarme más, como en este caso.
 Emily Dickinson (1830-1886), fue una mujer de sensibilidad y delicadeza exquisitas para gloria de la poesía en inglés. El viento comenzó a mecer la hierba (Nórdicalibros) es una bellísima selección de su poemario en edición bilingüe con una buena traducción de Enrique Goicolea y  primorosamente ilustrado por kike de la Rubia. Calentito, calentito, recién llegado de La feria del libro. Se lee en un pis-pas pero se saborea largo tiempo.

Yo morí por la Belleza
Pero apenas estaba colocada en la tumba,
Cuando uno, que murió por la Verdad,
Fue tendido en un cercano lugar.


Me preguntó en voz baja “por qué había muerto”.
“Por la belleza” –respondí-
“Y yo por la Verdad. Ambas son la misma cosa.
Somos hermanos” –dijo él-


Y así hablamos desde nuestros aposentos,
como parientes que se encuentran en la noche,
hasta que el musgo alcanzó nuestros labios
y cubrió nuestros nombres.

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